Mordiscos
Una obra del demonio. Así clasificó mi composición. La música explotaba las almas de los presentes, volaban, se elevaban cada vez más y más alto sobre lo terrenal hundidas en esa temible oscuridad.
Las voces de los coros retumbaban, fantasmales. Y el violinista parecía poseído por algún ente astral más allá de toda realidad. Las notas se adueñaban de todo cuanto tocaban y nos situaban en un espacio entre lo infernal y lo terrenal, fuera de toda divinidad y sentido de lo que esta bien o mal.
Incitaban a recorre la piel sudad y a morder sin pensar, a sentir la sangre sobre los poros como lo que nos brinda una vida eterna y saciada de todo placer, aun deseando más de él.
Los cellos provocaban a las profundidades del abismo y la melodía resultante nos envolvía como llamas sobre un cuerpo helado y sin vida provocado por nuestro incesante pesar.
Abrí la boca. Ella estaba allí, bajo mis ojos. Los sonidos de instrumentos y coros se convirtieron en mi cerebro en voces astrales: “Poséela, es tuya, ¡Hazlo ya!”
Mis ojos empezaron a sentirse ensangrentados. El pulso me ardía como si una enorme bomba me estallara una y otra vez en el corazón.
Las voces, el pulso, el sonido, pasión, perdida de control… Me sentí como ebrio de fuego y pasión. Notaba cada gota de sangre que recorría ambos cuerpos. Sentí los corazones al compás.
Cuando abrí los parpados vi el grandioso espectáculo:
Mis colmillos en su cuello terso, aquel líquido casi divino pasando a la lengua del demonio. Una Santa Herejía a la castidad. La lujuria me repetía al oído que me saciara con ella, de ella.
Los gemidos que salían de su garganta se fusionaron con la música ambiental y le daban un aspecto aun más diabólico. Roce la suave piel con los labios para limpiar el banquete y curar sus pequeñas heridas…
La miré a los ojos: “Duerme pequeña, duerme y sueña, sueña con tu elección.”
