Deseos (LtL cap.4)
“Se despertó y miró a su al rededor. Vio el pequeño cuarto iluminado por la luz del día como si todo aquello fuera nuevo para el. Todo había cobrado un nuevo sentido y se sentía tremendamente feliz por todo y por nada en concreto. Veía todo con el entusiasmo de un niño pequeño con su juguete nuevo.
Paso el día fascinado por todo lo que le rodeaba y observando delicadamente cada uno de los objetos con colores más llamativos. Mirando a todos lados y a ninguno en particular. Pues el había vuelto a nacer en el seno de la vida misma, simplemente era otro, ahora ella estaba en todas las cosas y es lo que las hacia singular. Su recuerdo a cada segundo que pasaba.
Llego la tarde y la paso medio dormido en una hamaca del jardín mientras escuchaba Jazz de fondo desde el estereo del salón contiguo. El calido Sol del verano irradiaba y él, bajo la sobra de uno de los árboles del jardincito, descansaba placidamente mientras pensaba en el reencuentro con su amada.
Andaba profundamente metido en sus sueños y pensamientos cuando de pronto notó que alguien le observaba. Abrió los ojos con el esfuerzo similar a que si fueran de plomo y observo detenidamente la puerta del jardín y vio unos ojos. ¡Aquellos ojos!
Inconfundibles e irrepetibles, de mirada tan profunda e inocente. ¡Era ella! Tal emoción recorrió su cuerpo que intento saltar de la hamaca con tal mala suerte que cayo de bruces al suelo.
- ¡Eh, chico! ¡Ten cuidado que te vas a hacer daño! –rió ella.
- ¡Bah! ¡No ha sido nada! Por cierto, ¡Hola! ¿Cómo es que estas aquí? ¿Cómo sabias donde vivo?
- Jeje, me lo dijo un pajarito – le guiñó ella.
- Ah, pues deberías presentármelo para que le de las gracias.- sonrió él.
- Jajajaja, ya veremos… ¿Te vienes a dar una vuelta? Es que estoy bastante aburrida y me gusto la conversación de ayer.
- ¡Por supuesto que sí! Y, ¿A dónde vamos?
- Pues a ningún sitio en concreto, en realidad donde tu quieras.
- ¡Vale! Ven, conozco un sitio precioso.
Y comenzaron a andar charlando de esto y aquello. De las pocas cosas de las que no habían hablado el día anterior, de los gustos, de sus inquietudes. Realmente se sentía como nadie en el mundo, no tenia miedo alguno, se sentía seguro, ella le hacia sentir seguro y afortunado.
Pensaba llevarla hasta una parte de la muralla que rodeaba la pequeña ciudad donde había un gran balcón desde donde se podía ver toda esta junto con las montañas que las rodeaban. Él pensaba que era un lugar mágico al anochecer, le encantaba admirar las lucecitas de toda la ciudad encendidas en la inmensidad que creaban el cielo negro junto a las montañas oscurecidas por la noche.
Llegaron allí y, debido a que ya era bastante entrada la tarde y el camino no era precisamente cortó, la noche estaba al caer.
Los dos se apoyaron en la barandilla del balcón y miraron el anaranjado cielo a lo lejos con los últimos rayos de sol agonizantes pero aun así eternamente bellos.
- Jo, estas en todo ¿eh, poeta?
- ¿Por qué lo dices?
- Porque veo que te gustan mucho los detalles Siempre te rodeas de sitios donde poder disfrutar de lo totalmente natural y que a la vez sea hermoso todo.
- Bueno, a cualquier persona le gustan estas cosas, ¿no crees?
- Yo no estaría tan segura. Es difícil encontrar gente como tú, tíos como tú.
- Bah, yo no me considero tan especial. Sólo uno más. Con sus gustos, pero uno más.
- ¿¡Qué dices?! Eres sensible y detallista, inteligente por lo que he podido hablando contigo y además considerado. Te gusta pensar sobre todo lo que te rodea pero buscarle ese romanticismo hasta a lo más mínimo.
- Bueno, creo que se puede ser un romántico de la vida, hay cosas que merecen la pena pensar y admirar.
- Me encanta tu forma de pensar, en serio.
- Y a mi la tuya –respondió el sonriente- eres sinceramente increíble, abierta y tan cariñosa.
La sangre comenzó a hervirle y se dio cuenta de la situación, se hacia de noche y estaban allí solos, ella estaba allí, tan natural como siempre, tan perfecta. Sus ojos mágicos brillaban como siempre y su pelo rojizo le acariciaba delicadamente los hombros y el cuello y sus labios relucían sobre su blanca piel. Le recordaba a una ninfa, tan hermosa, tan natural, tan pura. Las últimas palabras que había pronunciado aun seguían flotando en su oído como una dulce brisilla calida. Y sin saber como paso por su cabeza la imagen de un beso, besarla y besarla toda la eternidad. De sentir como se fundían los dos en uno y como todo cuanto el mundo poseía de bello se desvanecía para dar a luz el amor supremo de aquel beso. Como si no hubiera otra cosa en el universo que el sentir aquellos labios contra los suyos y sentir el latir de sus dos corazones al unísono y acelerándose.
Pero volvió a la realidad. Sólo estaba soñando despierto.
- Bueno, se hace de noche creo que deberíamos volver ya, ¿no te parece? – dijo precipitadamente.
- Si, la verdad. Bueno pues ¡en marcha!
Y comenzaron a bajar poco a poco volviendo a su charla habitual sobre cualquier tema que se les ocurriera mientras el se martirizaba de porque no lo había intentado, lo había tenido tan cerca…Pero ¿y si ella se negaba? Al fin y al cabo se conocían desde el día anterior, no era cuestión de precipitarse y de que ella pensara que sólo era un pervertido, pensó él.
- En fin, muchísimas gracias por acompañarme a casa. ¡Eres un sol! – dijo ella.
- Jeje, no hay de que mujer, encantado.
- Bueno pues ya nos veremos ¿no?
- Claro, claro. Daremos otro paseo. Ya sabes donde vivo así que ¡puedes buscarme cuando quieras!
- ¡Lo mismo te digo! Bueno muy buenas noches, poetilla. – y volvió a acercarse para besarle la mejilla como la ultima vez.
- Dulces sueños, princesa. – se atrevió a responder él con el labio temblando, como la ultima vez, por el roce de aquella piel, de aquella boca.
- ¡Oh! ¡Princesa! ¿Y tendré mi castillo y un príncipe azul?
- Por supuesto que si, siendo tú tendrás lo que desees.- le dijo el con dulzura.
- Eres un sol. –sonrió ella- Bueno, ¡chao!
- ¡Adiós!
Y volvió a su camino hacia a casa tras escuchar la puerta cerrarse.
Sabía entonces que es lo que iba a soñar. Sabía que iba a anhelar cada noche desde ese mismo momento. Conocer el sabor de aquellos labios. Pero aun así sabia que seguía sin haber nada que temer, estaba enamorado. Todo había sido tan rápido que ni supo como reaccionar. Cayó en la cuenta de que estaba enamorado, de que aquello era amor. Y solo había pasado dos tardes con ella. Pero estaba seguro de que aquello era lo que era y le hacia volar, correr, saltar, gritar y sentir que no tenia porque existir un fin. Gritó a pleno pulmón que se sentía bien.
- Soñare que tu estas ahí, junto a mi en la oscuridad, y dormiremos entre nubes abrazados para la eternidad – sonrió para él.”
